Vagamond · Trilogía

Furia

Le cosieron un libro a la memoria para que no matara.
No funcionó.
Y su Orden lo dejó morir en Acre.

I / Advertencia
No es una novela de caballeros. Es lo que hace uno cuando su Orden lo vende.
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El año en que Acre ardió y la Orden lo dio por muerto.

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Hermanos de su casa vendidos vivos. Todos apuntados en un libro.

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Enseñanzas de un libro que no debía existir. Una abre cada capítulo.

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Palabras ya escritas. Dos libros cerrados. El tercero, en la forja.

II / La saga

Tres libros.
Tres ciudades.
Una deuda.

La plata que su Orden emparedó en Acre. El oro que se paga por un hombre en Alejandría. La sangre que cobra una torre en Génova. Cada libro se lee solo. Juntos, son una sola cuenta.

Portada de Vagamond, Libro 1: La Plata de Acre
1297 · BarroisLibro 1

La Plata de Acre

Un mendigo cruza un vado. En la orilla, una pértiga con nueve muescas y una deuda de diez marcos de plata que una aldea no puede pagar. No ha venido a salvar a nadie. Ha venido a por una corteza de pan. Lo que encuentra es el camino de vuelta a la cripta donde su Orden enterró la plata de Acre, y a él con ella.

Completo
Portada de Vagamond, Libro 2: El Oro de Alejandría
1299 · EgiptoLibro 2

El Oro de Alejandría

Seiscientos dinares y dos nombres cosidos en un cuaderno. Una ciudad donde los hombres se venden con fecha y precio. La Orden lo manda solo; un asesino de Verona lo sigue sin que lo sepa. Y en una casa fuerte junto al lago, un gigante del norte espera el día de volver a desenvolver sus hachas.

Completo
Portada de Vagamond, Libro 3: Sangre de Génova
1300 · GénovaLibro 3

Sangre de Génova

Tres hombres en un pozo que ha comprado su enemigo. Un muchacho fuera, con las pruebas cosidas al cuerpo y una campana rajada al pecho. Una ciudad de cien torres. Y en una de ellas, tres almenas.

En la forja
Acre · mayo de 1291

La Orden emparedó su plata.
Y a los que la taparon,
los mandó a morir.

Seis años después, alguien baja con una antorcha. La cripta está barrida.

Mueve la luz
Vagamond: un hombre de mirada cansada, con capucha y cota de malla
III / El hombre
El Enchiridion / toca para traducir
Enseñanza I
Quaedam in nostra potestate sunt, quaedam non sunt.
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Enseñanza XIX
Invictus esse potes, si in nullum certamen descendas, quod vincere non est in tua potestate.
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Enseñanza XLIII
Omnis res duas habet ansas: alteram quae ferri potest, alteram quae non potest.
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Enseñanza LIII
Duc me, o Zeus, et tu, Fatum, quocumque mihi destinatum est.
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Cada capítulo de la trilogía se abre con una de las 53 enseñanzas de Epicteto. Ninguna le ha funcionado nunca.

IV / La letra fría

La cuenta.

Lleva un libro que nadie ve. Apunta muros, caras, muertos. No lo cierra nunca.

1267Besanzón
1291Acre
1297Vaux-le-Bas
1299Alejandría
1300Génova
SaldoLa cuenta no se cierra.
Una pequeña campana de bronce rajada, con pátina verde, junto a una vela
V / La esquila

Suena
una vez.

Una campana rajada de una sala de cien camas que ya no existe. Se toca de noche, bajito, para que el que está despierto sepa que otro vela. En tres libros ha sonado pocas veces. Cada vez que suena, alguien se salva.

O llega tarde.

Por los que no vuelven.

Primeras
páginas.

Libro 1 · La Plata de AcreCapítulo I · Vaux-le-Bas

«De las cosas, unas dependen de nosotros y otras no.»
— Enchiridion, I

El hambre no dolía ya. Eso era lo peor.

Vagamond lo sabía desde hacía días: cuando el hambre deja de doler y se convierte en una especie de zumbido tibio detrás de los ojos, el cuerpo ha empezado a comerse a sí mismo y ha decidido no molestar con el asunto. Había visto a hombres reírse en ese estado. Había visto a hombres sentarse al borde de un camino, muy tranquilos, muy razonables, y no levantarse más.

Así que siguió andando.

Llovía desde el mediodía, una lluvia fina y sucia de finales de septiembre que no llegaba a lavar nada y lo empapaba todo. El camino bajaba entre dos laderas de bosque bajo, hayas y avellanos, y el barro tenía el color y la consistencia de las tripas. Se le metía entre los trapos con que llevaba envueltos los pies. Cada veinte pasos se paraba a sacudir el pie derecho para desprender la costra.

Llevaba un bastón de fresno cortado por él mismo tres semanas atrás, un zurrón que había estado vacío desde la mañana anterior, una capa que había sido parda y ahora no era de ningún color, y debajo de todo eso un hombre que ya nadie habría reconocido.

De eso, a veces, se alegraba.

Contó los pasos hasta el recodo porque contar era mejor que pensar. En el recodo se detuvo, no por cansancio, sino porque el sonido del agua había cambiado. Un vado. Escuchó. Agua corriendo sobre piedra, poco caudal, un río de nada. Y bajo el agua, más lejos, otro sonido: un perro, dos veces, y después silencio.

Un perro que ladra dos veces y calla es un perro al que alguien ha mandado callar.

Vagamond bajó al vado.

Y allí, clavada en la orilla, encontró la primera cosa que no entendió.

Era una pértiga de fresno joven, descortezada, de la altura de un hombre y medio, hincada en la tierra blanda con la fuerza suficiente para que la hubieran metido a mazo. En lo alto, un jirón de tela roja, empapado, colgando como una lengua. Y a lo largo del asta, muescas. Las contó sin querer contarlas: nueve. Ocho de ellas eran viejas de días, ennegrecidas por el agua. La novena estaba fresca, la madera blanca y limpia todavía, cortada esa misma mañana.

Clavada a media altura, con dos clavos de herrería, había una tablilla, y sobre la tablilla un trozo de pergamino que la lluvia había reblandecido hasta dejarlo traslúcido.

Vagamond miró alrededor antes de acercarse. Los árboles a la izquierda, demasiado cerca del camino. La ladera a la derecha, despejada. Nadie.

Se acercó.

Había letras. Trazadas con prisa, con mala tinta, por una mano que apretaba demasiado.

Ad festum sancti Mauricii. Decem marcas argenti. Aut...

El resto se había ido con el agua.

El resto
está en el libro.

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VI / Los que caminan con él

Nadie viene
a salvarlo.

El escudero

Lope

Dieciséis años, la espada de su padre y una manía: seguir a quien no debe. Aprende todo lo que no se enseña.

L
El mercero

Solozzo

Vende agujas y cintas. Nadie recuerda su cara. Es lo último que no recuerdan.

S
De la sala de San Antón

El enfermero grande

Cien camas en Acre. Una esquila rajada. Un nombre que no da a nadie.

E
De Salins

Renier

Herrador. Ocho años y medio cautivo en tierra del sultán. Cuenta nudos para no gritar.

R
De Miklagard

Gunnar

Varego del norte. Dos hachas envueltas en un trapo. Una promesa de no volver a desenvolverlas.

G
Tesorero de Acre

Fra Bonifacio

Lo sabe todo de la plata de la casa. Y de qué hombres sobran para que nadie lo sepa.

B
VII / Lectores cero

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