Libro 1 · La Plata de AcreCapítulo I · Vaux-le-Bas
«De las cosas, unas dependen de nosotros y otras no.»
— Enchiridion, I
El hambre no dolía ya. Eso era lo peor.
Vagamond lo sabía desde hacía días: cuando el hambre deja de doler y se convierte en una especie de zumbido tibio detrás de los ojos, el cuerpo ha empezado a comerse a sí mismo y ha decidido no molestar con el asunto. Había visto a hombres reírse en ese estado. Había visto a hombres sentarse al borde de un camino, muy tranquilos, muy razonables, y no levantarse más.
Así que siguió andando.
Llovía desde el mediodía, una lluvia fina y sucia de finales de septiembre que no llegaba a lavar nada y lo empapaba todo. El camino bajaba entre dos laderas de bosque bajo, hayas y avellanos, y el barro tenía el color y la consistencia de las tripas. Se le metía entre los trapos con que llevaba envueltos los pies. Cada veinte pasos se paraba a sacudir el pie derecho para desprender la costra.
Llevaba un bastón de fresno cortado por él mismo tres semanas atrás, un zurrón que había estado vacío desde la mañana anterior, una capa que había sido parda y ahora no era de ningún color, y debajo de todo eso un hombre que ya nadie habría reconocido.
De eso, a veces, se alegraba.
Contó los pasos hasta el recodo porque contar era mejor que pensar. En el recodo se detuvo, no por cansancio, sino porque el sonido del agua había cambiado. Un vado. Escuchó. Agua corriendo sobre piedra, poco caudal, un río de nada. Y bajo el agua, más lejos, otro sonido: un perro, dos veces, y después silencio.
Un perro que ladra dos veces y calla es un perro al que alguien ha mandado callar.
Vagamond bajó al vado.
Y allí, clavada en la orilla, encontró la primera cosa que no entendió.
Era una pértiga de fresno joven, descortezada, de la altura de un hombre y medio, hincada en la tierra blanda con la fuerza suficiente para que la hubieran metido a mazo. En lo alto, un jirón de tela roja, empapado, colgando como una lengua. Y a lo largo del asta, muescas. Las contó sin querer contarlas: nueve. Ocho de ellas eran viejas de días, ennegrecidas por el agua. La novena estaba fresca, la madera blanca y limpia todavía, cortada esa misma mañana.
Clavada a media altura, con dos clavos de herrería, había una tablilla, y sobre la tablilla un trozo de pergamino que la lluvia había reblandecido hasta dejarlo traslúcido.
Vagamond miró alrededor antes de acercarse. Los árboles a la izquierda, demasiado cerca del camino. La ladera a la derecha, despejada. Nadie.
Se acercó.
Había letras. Trazadas con prisa, con mala tinta, por una mano que apretaba demasiado.
Ad festum sancti Mauricii. Decem marcas argenti. Aut...
El resto se había ido con el agua.